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miércoles, 24 de diciembre de 2008

Experimento con una muchacha

La siguiente es la historia de una niña que fue criada en estado semisalvaje. Durante trece años tuvo prohibido hablar o emitir sonido alguno. Luego de ser rescatada por los servicios sociales de Los Angeles, Genie debió adaptarse a un sinnúmero de experimentos por los que pasó por varios hogares sustitutos. Aquí la aberrante historia y videos de Genie.



El 4 de noviembre de 1970, los servicios sociales de la ciudad de Los Ángeles descubrieron una niña de trece años en estado semisalvaje, una criatura incapaz de hablar después de haber pasado su vida encerrada en una habitación a oscuras y en condiciones infrahumanas. Según describieron los testigos, en aquella habitación no había más que una silla-orinal, algunos ejemplares atrasados de la revista TV-Guide y la jaula de alambre en la que su padre la encerraba para dormir cada noche.

Durante aquellos trece años de vida, la pequeña Genie, como la bautizaron más tarde los investigadores, había tenido prohibido hablar o emitir sonido alguno. Su padre le golpeaba salvajemente o le ladraba como un perro si se le ocurría hacer algún ruido. Además de mantenerla aislada del resto de la familia, aquel hombre no le proporcionó otro alimento que no fuera comida para bebé o huevos cocidos. El habitáculo donde permanecía recluida, con las ventanas selladas, apenas le permitía ver cinco centímetros de cielo.



Genie durante gran parte de su vida sólo conoció sobre miedo y dolor.
Cuando los psicólogos examinaron a la niña, descubrieron que caminaba con dificultad y se comportaba como una criatura salvaje: escupía, arañaba o trataba de masturbarse compulsivamente. La niña tenía un vocabulario de veinte palabras, en su mayoría órdenes como “¡para!”, “no” o “¡ya no más!”.

Sin embargo, y a pesar de que fue trasladada de inmediato a un hospital de Los Ángeles, la pesadilla de la pequeña Genie aún no había terminado. Animados por el estreno de la película “El pequeño salvaje” de Truffaut, varios investigadores se interesaron por su caso y creyeron ver en ella una oportunidad para avanzar en sus estudios sobre el lenguaje y el cerebro humano.

Durante largos meses Genie fue sometida a decenas de pruebas, con un valor más experimental que terapéutico, mientras los investigadores se peleaban por ver quién se quedaba con su caso. La doctora Jeanne Butler, en concreto, presumía de que aquel caso iba a hacerle famosa y terminó llevándose a la niña a su propia casa, donde la grabó durante horas mientras realizaba con ella todo tipo de pruebas de dudoso valor científico.

Después de aquella situación, otra pareja de científicos, el matrimonio Rigler, se hizo cargo de Genie y siguió con los experimentos. A pesar de que hubo algunos progresos, las pruebas incluían actividades contradictorias para la niña, como obligarle a recordar lo que le hacía su padre o permitir que se arañara la cara como forma de expresar su rabia. Después de comprobar las irregularidades, y la ausencia de un plan científico, la Asociación de Salud Mental de los Estados Unidos retiró el apoyo económico a la investigación y los Rigler perdieron el interés por la niña.

Por si el desbarajuste era pequeño, un tribunal devolvió la custodia a la madre, que interpuso una demanda contra todo el equipo de investigación y el hospital infantil de Los Ángeles por haberla sometido a “excesivas e insoportables” pruebas. Finalmente, la madre no fue capaz de cuidar de Genie y la niña pasó por otros seis hogares adoptivos, en algunos de los cuales volvió a sufrir malos tratos que le llevaron a profundas regresiones.



Hoy día sólo sabemos que, de estar viva, Genie se encuentra ingresada en alguna institución mental después de una vida miserable y sin haber superado ninguno de sus problemas.

Además de los interrogantes que plantea, el comportamiento de los científicos en el caso de Genie nos retrotrae a otras situaciones en las que los límites de la investigación no están del todo claros. En 1822, por ejemplo, el doctor William Beaumont se hizo cargo de un paciente herido durante una cacería al que los disparos habían dejado un agujero en el estómago. Durante los siguientes veinte años, el médico puso todo tipo de excusas para no cerrar la herida y seguir experimentando con aquel hombre, al que introducía alimentos con una cuerdecita para ver el efecto de los jugos gástricos.

Las investigaciones de Beaumont con aquella “cobaya humana” sirvieron para avanzar de manera muy significativa en el conocimiento de la digestión y ayudaron a salvar la vida de muchas personas. De igual forma, en el caso de Genie, los controvertidos experimentos de los psicólogos sirvieron para conocer algo más sobre el origen del lenguaje y las funciones cerebrales.

Salvando las distancias, y más allá de la buena o mala voluntad de los investigadores, en ambos casos alguien dio prioridad al resultado de una investigación frente al bien del paciente y en ambos casos es legítimo hacerse la misma inquietante preg: ¿hace falta experimentar con humanos?


Fuente:
http://www.mdzol.com/mdz/nota/92513

El Abecedario



xDDDDD

Los 7 Pecados Capitales- Animacion



Saludos!

lunes, 22 de diciembre de 2008

sábado, 20 de diciembre de 2008

viernes, 19 de diciembre de 2008

jueves, 18 de diciembre de 2008

Navidad




Saludos!!

domingo, 14 de diciembre de 2008

Fobias

Una fobia es un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas como, por ejemplo, a los insectos (entomofobia) o a los lugares cerrados (claustrofobia). También se suele catalogar como fobia un sentimiento de odio o rechazo hacia algo

Tratamiento

Algunos terapeutas utilizan la realidad virtual para desensibilizar a los pacientes ante sus temores. Otras terapias psicológicas que pueden ser beneficiosas para las personas con una fobia son: la técnica de "inundación" o las terapias graduadas de exposición, entre las que se encuentra la Desensibilización Sistemática (DS). Todas estas técnicas se enmarcan en el enfoque de la terapia cognitivo-conductual (TCC). En algunos casos, también pueden ser de ayuda los medicamentos ansiolíticos. La mayoría de las personas que tienen fobias entienden que están sufriendo de un miedo irracional o desproporcionado, aunque este reconocimiento no impide que sigan manifestando esa intensa reacción emocional ante el estímulo fóbico.

La exposición graduada y la TCC trabajan con la meta de desensibilizar a la persona y de cambiar los patrones de pensamiento que están contribuyendo a su miedo. Las técnicas basadas en la TCC son a menudo eficaces, siempre y cuando la persona con este problema esté dispuesta a someterse a un tratamiento que puede durar algunos meses (en ocasiones semanas). Hay otras orientaciones terapéuticas como el psicoanálisis o la Programación Neuro-Lingüística (PNL) que abordan estos problemas clínicamente, pero sus resultados no se han verificado científicamente.


Casos No Psicologicos:

El término "fobia" puede significar casos específicos no vinculados con el temor. Por ejemplo, la hidrofobia es el temor al agua, pero también lo puede ser la incapacidad de beber agua debido a una enfermedad, o también puede describir un compuesto químico que repele el agua. Puede indicarse también la fotofobia, que indica un problema físico en los ojos, una aversión a la luz que puede inflamarlos o dilatar la pupila; no necesariamente significa temor a la luz.


Saludos!!

Entrevista a Lovecraft

Unica entrevista que he leido del master del terror Lovecraft

-¿Se creía usted una reencarnación de Luis XIV, que murió en ese año? No
responde. Bueno, le haré otra pregunta.
-En una de sus cartas decía: «Sí, soy fascista sin reservas». Era en julio de 1934.
¿Sabía lo que estaba diciendo?
-Eso lo dije antes de que ese trastornado señor despertara a todos los demonios en
Europa. Creo que la respuesta, a la vista de lo que hizo más tarde, es «no».

-Bueno, pero usted admiraba a Hitler.
-Como admiraba a Franklin Delano Roosevelt, o a todo aquel que tuviera grandes
planes para mejorar las condiciones de vida de la sociedad y estuviera dispuesto a
llevarlos a cabo.

-Usted describió en sus cartas a los chinos como «mestizos orientales de hocico de
rata» y a los negros como «poco menos que gorilas infantiles». Detestaba a los
judíos, pero se casó con uno de ellos, y tuvo buenos amigos. Le gustaba parecer
racista, odioso, siniestro, pero ante el enemigo era sumamente educado. ¿Es usted
un... cobarde?
-También dije «inmundicia asiática», «chusma de extranjeros» y que odiaba al ser
humano por permitir la existencia de tantos miserables. Era mi manera de
sublevarme contra la miseria; lo que no podemos hacer es aceptarla. ¿Le parece
eso una cobardía?

-Ha eludido la respuesta.
-He sido acusado de materialista y de racista. No creo en Dios, no necesitamos un
creador en un Universo que no tiene principio ni final. Una especie avanzada debería
poder viajar en el tiempo. Y en cuanto al racismo, los años me han ablandado, creo
que en todas las razas hay personas que merecen la pena, y personas que no valen
nada, que no se pueden tener en cuenta igual que las otras.

-Me asusta usted. Voy a leerle un principio típico de sus narraciones: «La vida es
algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios
demoníacos que a veces la vuelven infinitamente más espantosa». ¿Todo en su vida
era tan horroroso?
-Cuando yo tenía dos años mi padre fue considerado un loco peligroso y fue
encerrado en un manicomio. Mi madre me hizo llevar bucles hasta los seis años,
edad en que insistí para que me cortara el pelo, y cuando lo hizo muy a su pesar y
me transformó en un niño, le dijo a todo el mundo que yo era horriblemente feo, y me
acostumbré a esconderme.

-Reconozco que es un trauma.
-Antes de eso, con cinco años, dejé de creer en Santa Claus y en Dios, una vez
descubrí, a través de Las mil y una noches, que el Islam era mucho más hermoso
que el cristianismo, y que ambas religiones no podían ser ciertas a la vez. Una vez
convertido en varón me consagré a la mitología clásica y a la búsqueda de las
hadas. Es una lástima que no pudiera leer El señor de los anillos, porque aún no
estaba escrito; hubiera tenido una influencia vital en mí. Con siete u ocho años
estaba más dispuesto a creer en sátiros de pezuñas hendidas y ninfas correteando
por los bosques que en Jesús. Llegué a tener la ilusión de que me crecían cuernos
en la frente y orejas puntiagudas.

-Sin embargo, siguió creyendo en todos los demonios. ¿No había entidades
«buenas» en su mundo soñado?
-Mire usted, cuando era un crío soñaba con entidades monstruosas que denominé
«alimañas descarnadas». Me agarraban con los dientes por el estómago y me
llevaban volando sobre ciudades de muertos. Creo que si hubiese alguien por
encima de nosotros nos trataría como hacemos nosotros con el resto de seres vivos
de este planeta. Las «buenas» personas se comen a los animales. No veo por qué
los dioses del espacio exterior nos han de mirar de otro modo: solomillo, chuletas y
entrecot.

-Con trece años se rompió la nariz yendo en bicicleta, y le quedó insensible para
siempre. Probó el tabaco, pero no le gustó. Dicen que se defendía de sus enemigos
amenazándoles con la muerte, a falta de argumentos mejores. ¿Es cierto eso?
-Sí, cuando me sentía amenazado decía algo así como: ¡Por Dios, que te voy a
matar! Eso ahuyentaba a los más valientes.

-En 1904, cuando tenía catorce años, el abuelo Whipple murió. Creo que usted era
muy feliz hasta ese momento. Después, su familia tuvo que vender aquella gran
casa de madera de tres plantas en la que había vivido los últimos diez o doce años.
-Sí. Nos mudamos a una casa más pequeña. Se acabaron las carreras por los
pasadizos, los rincones obscuros, la magia de los escondites. Sólo tenía cinco
habitaciones. Sin criados. Y compartíamos el edificio con otra familia. Para colmo, mi
gato Nigger desapareció dejándome en la estacada. Quiero decir que jugaba con él
a la pelota, comprendía su lenguaje, le observaba perseguir a los duendes, era un
gran alivio para mí observarle y tocarle. Desde entonces no tuve más animales de
compañía.

-Hábleme de su familia. ¿Es verdad que su padre era francmasón y le dejó en
herencia el Necronomícón?
-Es posible que hubiera convocado a todos los demonios a través del
Necronomicón, pero también puede ser que tuviera sífilis y el sistema nervioso
deteriorado -se ríe, no va a contestar a mi pregunta. El abuelo sí que fue masón,
pero yo era muy pequeño para comprenderlo. Era un patriarca que conocía los
negocios y gozaba del arte. Lucía un mostacho blanco impresionante, y me regaló
las noches, que mi madre me dejó vivir a mi antojo.

-¿Tiene idea de qué le producía esas pesadillas tan espantosas que luego contaba
en sus relatos?
-No lo sé. Los primigenios. El chocolate. Siempre creí estar conectado con ciertas
entidades ocultas que se comunicaban conmigo por medio de los sueños. Y para
soñar, no hay nada como el chocolate y las especias. Luego te despiertas con la
cabeza destrozada, y tienes que salir a pasear, buscas el orden en la arquitectura, si
no estás dotado para la música, y le pones etiquetas monstruosas a todas las
cosas...

De pronto, un gato negro que no he visto llegar y que parece tener cien años, se
sube al sillón donde se sienta, en penumbras, el escritor. El gato tiene unos ojazos
ambarinos que impresionan.
-¿Sabe usted que a través de los gatos se pueden tener ciertos... contactos? Mire
los ojos a un gato y pida algún deseo, pero esté dispuesto a pagarlo.

-Creía que no había vuelto a tener animales de compañía.
-Éste es diferente.



Fuente: La antología (edición de Teodoro Gomez)